
290
https://www.afluir.es/index.php/afluir
www.afluir.es
Revista de Investigación y
Creación artística
:/
Extraordinario 5
Febrero 2026
Investigación
ISSN: 2659-7721
I:
https://dx.doi.org/10.48260/ralf.extra5.253
Durante los años veinte del pasado siglo, América y Europa conocieron la fiebre del
jazz. Esta infiltración cultural se produjo en la música de la mano de Stravinski, el Groupe des
Six, Gershwin, Kurt Weill, Erwin Schulhoff o Fred Elizalde. En literatura, Paul Morand,
Blaise Cendrars, Carl Van Vechten, Boris Vian, Ramón Gómez de la Serna y otros escritores
de los roaring twenties sufrieron la fascinación por lo que el primero definió como la magia
negra de aquella música (Shadwick, 1999). Tampoco quedaron fuera de su onda expansiva las
artes plásticas desde comienzos de siglo, como puede apreciarse en las pinturas fauves y
cubistas (Hughes, 2000). Entre las obras maestras surgidas entonces, podemos recordar los
lienzos de Stuart Davis, los dibujos de Fernard Léger, los boogie-woogies de Mondrian o Jazz,
de Matisse (García, 1999).
La influencia del jazz en las vanguardias artísticas del siglo XX es, por tanto, es un
fenómeno conocido y estudiado (García, 1999). También lo es la intrínseca relación entre la
improvisación jazzística y determinadas opciones estilísticas como el action painting de
Jackson Pollock (Belgrad, 1998). Sin embargo, el ámbito de encuentro más frecuente entre el
jazz y las artes plásticas es la cubierta discográfica, existiendo entre ellas verdaderas obras
maestras del diseño, por constituir un medio experimental perfectamente equiparable a la
música que contenían en los vinilos, en su interior (García, 1999).
El jazz es una música de cariz participativo, tendente a la comunión entre el artista y su
audiencia, que desde sus inicios hasta la actualidad sigue siendo una profunda manifestación
de libertad, talento, logro artístico e identidad. Sus orígenes se remontan a las comunidades
afroamericanas establecidas en el sur de los Estados Unidos, y floreció posteriormente en la
región de Nueva Orleans en torno al cambio del siglo XIX al XX (Gioia, 1997). Pese a la
abundante variedad de subgéneros existentes en dicho género musical (ragtime, blues, jazz
clásico, jazz estilo de Chicago, swing, boggie-boggie, jazz estilo de Kansas City, bebop, cool,
jazz progresivo, free jazz, jazz fusión...), existen ciertos elementos musicales comunes a todas
estas etiquetas, de forma que el sonido resultante con frecuencia es reconocido como jazz,
incluso por el oyente poco avisado, recogidas por Tirro (2001). Entre ellas, se pueden citar la
improvisación (tanto del grupo como del solista), la presencia de sección rítmica, las melodías
sincopadas y el ritmo aditivo, el empleo de formatos procedentes del blues y la canción
popular, la organización armónica tonal, con empleo frecuente de la escala del blues con fines
melódicos, los rasgos tímbricos y, por último, una estética centrada en el intérprete o
intérprete-compositor antes que en el compositor.
Austin, en su estudio sobre la creación de estilos musicales durante el siglo XX, llegó a
la conclusión de que en este período se habían creado únicamente cuatro nuevos estilos de
importancia, liderados por Schoenberg, Bartók, Stravinsky, y el jazz (1966). Sin embargo, es
el jazz la primera música surgida como producto de una democracia, y al igual que la
improvisación colectiva fue su rasgo más destacado, el jazz constituyó un esfuerzo colectivo,
el de un grupo de músicos estadounidenses, negros en su mayoría. A este respecto, Austin
afirma que “se trata de una música profundamente vinculada a la tradición. Su continuidad en
relación con el pasado acaso sea más importante que su indiscutible carácter novedoso” (p.
178).