un lugar concreto; sin embargo, Hipócrates señaló que el aire que configura la vida en un
territorio influye no solo en la fisiología corporal, sino también en las mentalidades,
emociones e instituciones sociales de sus habitantes (Galimberti Oliveira, 2017). Por tanto, la
diversidad cultural comenzó a estudiarse desde una perspectiva atmosférica (Gallagher, 2013;
Tenney, 1916). Lejos de constituir un mero marco pasivo, las condiciones atmosféricas
inciden en la estructuración social al imponer exigencias materiales y metabólicas que
requieren respuestas colectivas de adaptación y cohabitación. Esta relación no debe
interpretarse como un determinismo rígido, sino como una afinidad o inclinación hacia ciertas
formas de vida social. Como sostenía Herder (1800/1966), el clima genera una disposición
cultural y antropológica que modela las costumbres; en sus palabras, el entorno atmosférico
“no obliga, sino que tienta” (pp. 176-177). De este modo, las culturas humanas se encuentran
inmersas en un bucle de retroalimentación con el clima: al transformarse las condiciones
atmosféricas, la organización comunitaria se reconfigura. Habitar el aire implica, en última
instancia, reconocer que los grupos humanos se moldean con el paso del tiempo, las estaciones
y las temperaturas, concibiendo la cultura como el arte de interactuar con la atmósfera para
hacerla habitable o, por el contrario, arriesgarse a volverla inviable.
Sin embargo, la perspectiva climática no agota la experiencia del aire. Junto a las teorías
del clima que conciben la atmósfera como un marco de arraigo local y comunitario, existe una
segunda tradición de pensamiento centrada en los meteoros: las dinámicas del aire en perpetuo
flujo y transformación. Mientras que el clima define la especificidad de un lugar, la
meteorología —desde la física aristotélica hasta las ciencias de la complejidad— se ocupa de
los acontecimientos fluidos, las fuerzas cambiantes y los fenómenos evanescentes como los
vientos, las nubes y las corrientes térmicas (Barrero, 2004; Tsonis y Zerefos, 2020). Bajo este
enfoque, la atmósfera deja de percibirse como un contenedor estático para revelarse como un
sistema dinámico de fuerzas e impulsos cinéticos. Aristóteles ya concebía los meteoros como
composiciones efímeras del aire y los elementos en constante mutación, destacando su carácter
inestable y transitorio (Llovet-Abascal, 2023, 205). Esta dimensión meteórica del aire es
decisiva para comprender la movilidad contemporánea: el aire no es solo un medio de
localización o sustento, sino un vector energético y una cinta transportadora de movimiento
(Janković, 2001). Es precisamente esta condición del aire como medio fluido y portador de
energía la que permite reconsiderar las formas de desplazamiento y cohabitación planetaria
que explora el proyecto Aerocene.
Así, el aire es el portador en constante movimiento de las semillas de la vida. Humboldt
(1949) lo considera un océano de aire en el que estamos inmersos. Fue el primero en describir
los estados térmicos del aire a medida que se desvían del sistema de latitudes en su famoso
mapa de isotermas de 1838. Desde el punto de vista meteorológico, la vida flota y planea en el
aire en forma de polvo fecundante o polen, semillas de plantas, huevos de insectos y
microorganismos (Humboldt, 2011, pp. 210-352). En su obra describe cómo, incluso en los
hielos polares, el aire resuena con los cantos de los pájaros y el zumbido de los insectos. Y no
solo las capas más bajas, densas y vaporosas de la atmósfera están llenas de vida, sino también
las regiones más altas y etéreas (Humboldt, 2011, p. 228).