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Revista de Investigación y  
Creación artística  
Extraordinario 6  
Febrero 2026  
Investigación  
ISSN: 2659-7721  
Letras y sopa: apuntes de un taller con la boca llena  
Words and soup: notes from a workshop with a mouthful  
Roberto Herrero García  
Universidad Complutense de Madrid  
Recibido 22/09/2025 Revisado 24/09/2025  
Aceptado 15/11/2025 Publicado 16/02/2026  
Irene Ortega López  
Universidad Complutense de Madrid  
Resumen:  
El presente artículo expone una selección de los materiales del taller “Letras hasta la  
sopa”, celebrado el 25 de mayo de 2025 en la ciudad de Cáceres, Extremadura, como parte de  
las jornadas Armando juntas el territorio. Esta propuesta tenía por objetivo explorar la  
dimensión creativa y plástica del lenguaje, especialmente de aquel vinculado a la tradición oral  
de la región extremeña, una comunidad donde existe una curiosa situación lingüística con tres  
grupos de hablas propias, distintas tipologías dialectales y fórmulas mixtas o de castellano mal  
hablado, variedades que se encuentran en su mayor parte en peligro de extinción. Alineándonos  
con la propuesta de creadoras contemporáneas como Ixiar Rozas, Luz Pichel o Mario Obrero,  
quisimos trabajar con la dimensión más lúdica del habla popular, donde son corrientes las  
invenciones de palabras o el placer del balbuceo. Con tal fin, llevamos a cabo cuatro ejercicios  
en el que empleamos la pasta en forma de letras como herramienta y material de escritura. Las  
páginas siguientes recogen una selección de los resultados que se obtuvieron durante estas  
prácticas, además de algunos de los debates teóricos surgidos a partir de las mismas.  
Sugerencias para citar este artículo,  
Herrero García, Roberto; Ortega López, Irene (2026). Letras y sopa: apuntes de un taller con la boca llena. Afluir  
(Extraordinario VI), págs. 57-69, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.extra6.234  
HERRERO GARCÍA, ROBERTO; ORTEGA LÓPEZ, IRENE (2026). Letras y sopa: apuntes de un taller con la  
boca llena. Afluir (Extraordinario VI), febrero 2026, pp. 57-69, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.extra6.234  
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Abstract:  
This paper presents a selection of materials from the workshop “Letras hasta la sopa”,  
held on 25 May 2025 in the city of Cáceres, Extremadura, as part of the conference Armando  
juntas el territorio”. The aim of this initiative was to explore the creative and artistic  
dimensions of language, especially those linked to the oral traditions of the Extremadura region,  
a place with a unique linguistic situation, with three distinct language groups, various dialectal  
forms and hybrid registers or non-standard Castilian, most of which are in danger of extinction.  
In line with the approach of other contemporary creators such as Ixiar Rozas, Luz Pichel, and  
Mario Obrero, we wanted to work with the more playful dimension of popular speech, where  
wordplay and the pleasure of babbling are commonplace. To do so, we carried out four  
exercises in which we used alphabet pasta as both a tool and a writing medium. The following  
pages contain a selection of the results obtained during these practices, as well as some of the  
theoretical debates that arose from them.  
Palabras Clave: escritura, oralidad, taller, lenguaje, sopa  
Key words: writing, orality, workshop, language, soup  
Sugerencias para citar este artículo,  
Herrero García, Roberto; Ortega López, Irene (2026). Letras y sopa: apuntes de un taller con la boca llena. Afluir  
(Extraordinario VI), págs. 57-69, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.extra6.234  
HERRERO GARCÍA, ROBERTO; ORTEGA LÓPEZ, IRENE (2026). Letras y sopa: apuntes de un taller con la  
boca llena. Afluir (Extraordinario VI), febrero 2026, pp. 57-69, https://dx.doi.org/10.48260/ralf.extra6.234  
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Introducción  
En el año 1930, María de Maeztu, la directora de la Residencia de Señoritas por aquel  
entonces, pidió una conferencia al poeta José Bergamín para ser leída en su centro. La propuesta  
era arriesgada, pues este autor era un militante comunista poco ortodoxo que solía causar  
revuelo en todas sus intervenciones. De ese encargo, surgió La decadencia del analfabetismo  
(Bergamín, 2006), una charla en la que Bergamín defendió una tesis bastante osada para la  
época (quizás también a día de hoy). Su propuesta era que el analfabetismo no era de por sí una  
lacra, sino que era un concepto peyorativo con el que las sociedades burguesas habían  
desprestigiado la cultura oral del campesinado.  
La imposición del texto escrito era, a sus ojos, una manera con la que se estaba destruyendo  
esa capacidad creativa del lenguaje, del boca a boca, que existía en el mundo popular. Y esa  
obsesión por otorgar prestigio a la palabra escrita fue tan exagerada que, en palabras del propio  
Bergamín, “llegó el hombre a encontrarse las letras hasta la sopa” (2006, p. 30), refiriéndose a la  
pasta en forma de letras. A sus ojos, existía un paralelismo entre el proceso de hervido que tiene  
que sufrir la pasta para poder comerse y la esterilización que sufre el lenguaje oral cuando debe  
fosilizarse sobre la página del papel.  
Siguiendo esta potente metáfora poética de Bergamín, el pasado domingo 25 de mayo de  
2025 organizamos el taller de escritura “Letras hasta en la sopa”, el cual se celebró dentro del  
marco de las jornadas Armando juntas el territorio, en el Ateneo de Cáceres. Dicho taller tenía  
como objetivo explorar la dimensión creativa y plástica del lenguaje, pensando sobre todo en la  
tradición oral de las comunidades campesinas. Hacerlo en Extremadura no era algo baladí, ya  
que esta es una región con una peculiar situación lingüística, donde han coexistido  
históricamente tres grupos de hablas propias (el estremeñu o castúo, el portugués rayano y a  
fala), distintas variedades dialectales de estas tres familias (como el chinatu, el valverdeiru, el  
lagarteiru, el oliventino…) y otras variedades mixtas o de castellano mal hablau (Martín,  
2023).  
Dicho taller estuvo compuesto por cuatro ejercicios, donde la pasta en forma de letras se  
convirtió en nuestro principal material de trabajo y escritura. Cada una de esas prácticas fue  
acompañada de un pequeño espacio de debate, el cual aprovechamos para hablar de temas que  
tenían que ver con la desviación de la norma, la plasticidad del lenguaje y la potencialidad  
expresiva del balbuceo. Todo ello se hizo aprovechando las herramientas metodológicas de los  
estudios queer y transfeministas, en especial, de aquelles autores que han experimentado con  
formas alternativas de escritura ligadas a la práctica artística. En el presente artículo, incluimos  
algunos de los resultados que obtuvimos durante ese encuentro, así como los debates teóricos y  
conceptuales surgidos de las prácticas.  
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Norma y normalización lingüística  
Para el primer ejercicio, nos planteamos las siguientes preguntas: ¿cómo se puede llevar a  
la letra la dimensión oral del lenguaje? ¿Resulta viable, acaso, escoger unos cuantos símbolos de  
esos que conforman el alfabeto para reflejar lo que sale de nuestra voz? ¿Existen letras capaces  
de fijar las particularidades de la dicción de cada cual?  
Para ello, repartimos un puñado de pasta de letras a cada asistente del taller y les  
indicamos que debían transcribir con esas mismas letras un término que alguien de les  
participantes se inventaría al azar y pronunciaría en voz alta.  
Las palabras que se obtuvieron de ese ejercicio fueron jaraminche y anetoraxia. Aunque  
también podríamos escribir jaramynxe y 4ne1cr4kxl4, porque cada persona encontró un modo  
para representar estos términos según lo que escuchó y según los recursos gráficos que tenía en  
su montón de pasta de letras (Figs. 1 y 2). Eso hizo que planteásemos una nueva pregunta: ¿cuál  
de todas aquellas opciones convertiríamos en norma si lo que quisiéramos fuera incluir esas  
palabras inventadas en un diccionario? A priori, todas las opciones podrían resultar válidas. No  
obstante, según el criterio que eligiéramos, solo dos de ellas pasarían a ser las buenas, las  
correctas, mientras que el resto se convertirían en errores, en palabras perversas y desviadas.  
Durante los últimos años, varias entidades como la OSCEC, el órgano de las lenguas de  
Extremadura, se están enfrentando a este mismo reto en su intento por elaborar diccionarios y  
manuales de gramática para las lenguas extremeñas, unas hablas que han estado ligadas  
tradicionalmente a la cultura oral. Este proceso se conoce como “normalización lingüística”.  
El verbo normalizar remite aquí al deseo por que algo se vuelva habitual y ordinario, que  
no suponga una anomalía en la vida cotidiana. La reglamentación léxica y morfosintáctica  
puede tener así, según esta acepción, un componente supuestamente positivo, pues permite  
incorporar dichas lenguas a ámbitos formales como la enseñanza. No obstante, siguiendo a la  
profesora Helena Miguélez-Carballeira (2020, pp. 211-246), normalizar también acostumbra a  
conservar sus connotaciones más restrictivas, remitiendo a la necesidad de poner orden, de  
homogeneizar, de hacer que algo se estabilice según unos criterios y no otros. Por ello, los  
proyectos de normalización lingüística suelen estar relacionados con actividades de corte  
institucional, como pueden ser los premios literarios, la elaboración de antologías o la  
financiación de determinados proyectos artísticos, los cuales solo cuentan con ayudas  
económicas cuando se ciñen a la normativa considerada como oficial para la lengua que se  
quiere promover. Por el contrario, en dichas convocatorias, es raro que se dé visibilidad a todas  
aquellas otras propuestas que amenazan con desestabilizar la norma, como pueden ser las  
autopublicaciones o el empleo de variedades orales que se consideren como contaminadas, ya  
sea por su acento, su mestizaje o su grafía (Miguélez-Carballeira, 2020, p. 239).  
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Figuras 1 y 2. Fichas elaboradas durante el taller “Letras hasta en la sopa”, 2025. (Fuente: les autores).  
En el caso de Extremadura, este proceso de normalización lingüística cuenta con algunas  
peculiaridades propias que revelan los lados oscuros de este proceso de fijación de la lengua. En  
primer lugar, la propia OSCEC ha decidido apostar por la declaración del estremeñu como Bien  
de Interés Cultural (Sánchez, 2025, 17m13s), protección con la que ya cuenta a fala de Xálima  
desde el año 2001 (Decreto 45/2001, de 20 de marzo), en vez de exigir la cooficialidad de todas  
las hablas extremeñas como lenguas del Estado. Esto, a la larga, puede resultar problemático,  
pues normaliza el empleo de las lenguas vernáculas en ámbitos privados o poco legitimados  
socialmente, como el folclore o la poesía, pero sigue haciendo inadmisible que este uso se  
extienda a los ayuntamientos, las universidades o los centros médicos.  
Asimismo, la pluralidad de hablas que existen en la región, y la aparente sensación de que  
muchas de ellas son idiomas que se encuentran fuera de sitio, son otros de los problemas a los  
que se enfrenta la normalización lingüística en Extremadura. Si pensamos en a fala, por  
ejemplo, podemos mencionar las tensiones entre la Real Academia Galega (RAG) y las  
autoridades de la Junta de Extremadura, que no se sienten cómodas cada vez que se señala la  
más que evidente cercanía lingüística (pese a la distancia geográfica) que existe entre el gallego  
hablado en las zonas orientales de Galicia y las variedades de valverdeiru, mañegu y lagarteiru  
(Cóstas González, 2013; Pardiñas, 2008). Cosa parecida ocurre con el Portugués, idioma que se  
estudia en España como lengua extranjera debido a políticas de corte nacionalista, pese a ser un  
idioma hablado en parte de su territorio (Sanches Maragoto, Varela Aveledo y Vila Verde  
Lamas, 2009).  
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Aunque resulte incómodo hablar de ello, la normalización lingüística del estremeñu  
también se enfrenta a una falta de usuarios debido a la dispersión de sus hablantes. Esta carencia  
se explica porque un gran número de las personas que lo empleaban en su vida cotidiana —  
como poco la mitad de ellas, según las estadísticasfueron expulsadas de la región durante los  
años sesenta y setenta (Chamorro, 1979: 21), de forma que se volvió mucho más fácil escuchar  
hablar en estremeñu en lugares como Basauri, Vallecas o Getafe que en núcleos supuestamente  
autóctonos como podían ser Plasencia, Mérida o Don Benito. La prueba está en que uno de los  
primeros estudios serios sobre el idioma estremeñu se llevó a cabo en los arrabales de Barcelona  
gracias a Voz Castúa, un colectivo de migrantes ligado al Hogar Extremeño de la capital  
catalana (Sánchez, 2024, 15m14s).  
Ante esta situación, a nosotres nos interesaba explorar en el taller aquellos usos del  
lenguaje que se quedan en un terreno de nadie, que se consideran fronterizos y contaminados.  
Compartíamos, en definitiva, una perspectiva muy similar a la de los estudios queer, los cuales,  
como señala el artista e investigador Jesús Caballero Caballero (2018) “han establecido que lo  
normal no es categórico, pues se dan otras realidades que aún están sin explorar en nuestro  
entorno” (p. 213).  
Algunas de las propuestas que surgieron en este primer ejercicio revelaron, precisamente,  
el potencial que existe en esas otras realidades que van más allá de la norma. Hubo personas  
que, al no contar con los símbolos que querían en su montón de pasta de letras, optaron por  
emplear números dentro las transcripciones que elaboraron. Un 4 invertido podía ser, por  
ejemplo, un sustituto de la letra a, así como un número 7 era apto para convertirse en esa  
virgulilla con la que una ene pasa a ser, de golpe, una eñe. También hubo casos en los que se  
optó por romper las letras, creando nuevos grafemas que no existen en ningún manual de  
ortografía. Las soluciones gráficas fueron tan variadas (y, por tanto, difíciles de normalizar) que  
muchas de ellas no pueden ser traducidas al formato texto de este artículo, limitado a los  
símbolos disponibles en el teclado de un ordenador.  
En definitiva, estas propuestas de escritura retaban al propio sistema de representación de  
la lengua. Y en eso volvemos a encontrar un claro paralelismo con lo queer, un término que,  
parafraseando al filósofo Paul B. Preciado (2009, pp. 14-15), se usaba originalmente en inglés  
para hablar de lo incalificable, de todo aquello que empuja al lenguaje hacia sus propios límites.  
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Chispazos, palabras imprevistas  
En 1959, Eduardo Blanco Amor escribió la novela A esmorga, una de las obras más  
importantes de la narrativa gallega. Este libro es un texto que se deleita con la perversión y el  
disloque. Lo hace en su contenido, donde aparece retratada una sexualidad rural ambigua, llena  
de relaciones homoeróticas, y lo hace en su forma, ya que es una novela escrita en un gallego  
no-normativo, dialectal, mal hablado, en el que Blanco Amor empleó palabras del catalán para  
rellenar huecos del habla gallega (los personajes de A esmorga dicen sortir en vez de saír, por  
ejemplo) o en el que directamente se inventó palabras que hoy no están recogidas en ningún  
diccionario (Obrero, 2025, p. 42).  
¿Tiene una academia el derecho a enmarcar el léxico de una lengua? ¿Podemos hablar  
fuera de sus lindes? Mejor aún: ¿podemos cortar la valla con la que cercan las definiciones y  
dejar que adquieran nuevas formas?  
Esto fue lo que intentamos explorar en el segundo ejercicio de nuestro taller. A partir de  
acepciones extraídas del diccionario de la Real Academia Española (RAE), quisimos construir  
nuevas palabras empleando el montón de pasta de letras que repartimos al comienzo de la  
sesión. Como resultado, obtuvimos una serie de tarjetas que conformaron un conjunto de  
entradas de un diccionario inexistente, donde les asistentes del taller incorporaron otras tácticas  
creativas, como pegar más de una definición, redactar un supuesto origen del término que  
habían creado o añadir ejemplos de uso del mismo.  
Figuras 3 y 4. Muestras de los resultados del segundo ejercicio del taller, 2025. (Fuente: les autores).  
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Une de les participantes creó, por ejemplo, la palabra zapeche y su variante zapechón.  
Este vocablo tenía dos supuestas acepciones. La primera era un “empujón recio que se da con el  
cuerpo para sacar de su lugar o asiento a alguien o algo”, mientras que la segunda era un  
“hombre joven que se compone mucho y sigue rigurosamente la moda”. Otro ejemplo que  
podemos citar es el verbo moldeñar, un vocablo que, según se indicaba en su ficha, provenía del  
también ficticio moldeñus, un término empleado supuestamente en el latín vulgar (Fig. 3). La  
palabra moldeñar solo tenía un significado, que era “hacer perder a alguien la rudeza, o quitarle  
la rusticidad por medio de la enseñanza”. Asimismo, por mencionar una última muestra de los  
resultados, podemos mencionar la palabra carvipar (Fig. 4), que podía ser tanto un sustantivo  
(“nombre genérico de varias especies de árboles, como el melocotonero, el pérsico y el  
duraznero”) como un verbo (“acción de desarrollar mucha actividad o movimiento al realizar  
algo”). Carvipar venía, además, acompañada de dos ejemplos de uso. Uno era: “es época de  
nacimiento del carvipar”. El otro: “se puso a carvipar mientras bailaba y parecía que le estaba  
dando algo”.  
Esta invención de palabras es, en el fondo, lo que hacen las personas cuando emplean el  
lenguaje de una forma poco reglada, sin corsés normativos. Es lo que hacían muchas de nuestras  
abuelas, pero también lo que hacemos nosotres cuando confundimos una palabra por otra,  
cuando pronunciamos mal un término o cuando surgen de la invención espontánea en un  
momento concreto. Los encuentros dedicados al simple parloteo son el lugar ideal para que  
ocurran este tipo de actos creativos, en los que las palabras parecen ser un material dúctil como  
el barro. Según el poeta Pier Paolo Pasolini (1978), en las noches de cháchara siempre nace  
“una frase nueva, un chispazo, una palabra imprevista” (p. 241). Todas estas creaciones están  
ligadas necesariamente a la dimensión plástica y oral del lenguaje, y, dado que no están escritas,  
solo viven en la memoria de aquelles que las recuerdan. Como señala la escritora y performer  
Ixiar Rozas:  
En nuestro cuerpo habitan otros cuerpos, los cuerpos anteriores y los posteriores.  
También en nuestras voces, las pasadas y las que llegarán. Las que hemos escuchado y nos han  
atravesado. Las que hemos emitido y nos han permitido entrar en otros cuerpos. Las que  
emitimos y nos harán entrar en otros cuerpos. Co-corporalidad. En otras lenguas, las primeras y  
las que se han ido adhiriendo en la dermis de nuestras bocas (2022, pp. 13-14).  
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Figuras 5 y 6. Ejemplos del archivo de palabras familiares inventadas, 2025. (Fuente: les autores).  
Por ello, propusimos hacer un pequeño archivo de todas esas palabras que no están ni  
estarán en ningún diccionario (Figs. 5 y 6). Este ejercicio fue recibido con un gran entusiasmo  
por parte de les participantes, pues todo el mundo parecía atesorar algún término inventado que,  
de una forma u otra, se vinculaba a su círculo más íntimo.  
“Mi abuelo, Palentino, siempre se refería a los helados de cono como kale borroka, hasta  
el punto de que yo crecí pensando que ese era su único significado”, escribió, por ejemplo, una  
de las personas que asistió al taller. Otra nos regaló esta curiosa interjección familiar: “Mi  
abuela Gloria dice ‘¡A Coca Cola!’ para decir ‘¡A tomar por culo!’. Por ejemplo, cuando nos  
vamos de su casa, nos dice (cariñosamente) ‘¡Anda, iros a Coca Cola!’”.  
A nosotres nos interesa de manera especial todo aquello que tiene que ver con esta  
creación de términos, con esas palabras imprevistas, llenas de chispazos. Pensando sobre ello,  
hemos enumerado algunos procesos de elaboración de palabras bastante corrientes entre las  
personas de nuestro entorno. Una primera técnica es la deformación de una palabra técnica o  
difícil de aprender, como podría ser decir litus en vez de ictus. Un segundo mecanismo tiene que  
ver con la paronimia, es decir, con el uso de una palabra para referirse al significado de otra que  
tiene un sonido parecido. Esto sería lo que pasa con la palabra gangster, que la abuela de une de  
nosotres emplea en vez de hámster. Un tercer proceso podríamos denominarlo como  
“resignificación popular”, y consiste en emplear una palabra ya existente para hablar de otra  
cosa que no tiene nada que ver, como ocurre, por ejemplo, con ese kale borroka usado para  
hablar de los helados de cono. Y, por último, como cuarta fórmula, tendríamos la pura creación  
de términos ex novo.  
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Figuras 7 y 8. Fotografías del taller “Letras hasta en la sopa”, 2025. (Fuente: Molero Moleman).  
Bárbaro Juarramalajá  
En su interés por las lenguas ruines, mal habladas, la poeta Luz Pichel (2013) ha apostado  
por el uso artístico de aquello que en Galicia se conoce como castrapo. La RAG define este  
término como “variante do idioma castelán falado en Galicia, caracterizada pola abundancia  
de palabras e expresións tomadas do idioma galego [variante del idioma castellano hablado en  
Galicia, caracterizada por la abundancia de palabras y expresiones tomadas del idioma gallego]”  
(Real Academia Galega, s.f., definición 1). La palabra castrapo ha sido empleada  
históricamente como un insulto. Se usaba y usa para referirse a la manera de hablar de aquellas  
personas que, aun siendo de aldea o de entornos medianamente rurales, tratan de hacerse pasar  
por gente de clase alta a través de su forma de vestir y de un empleo forzado del castellano, al  
cual llenan de todo tipo de galleguismos sin ser conscientes de ello. Castrapo es lo que hablan  
los nuevos ricos, la media burguesía o los señoritos de las capitales de provincia. Se trata de un  
término emparentado con otros vocablos despectivos, como pueden ser lo cursi, lo kitsch o lo  
camp, pues todas estas palabras se basan en la premisa del “quiero y no puedo” o, en palabras de  
una de las pensadoras más importantes sobre el concepto de lo camp, la escritora Susan Sontag,  
“una seriedad que fracasa [...] aquella que contiene la mezcla adecuada de lo exagerado, lo  
fantástico, lo apasionado y lo ingenuo” (2022b, p. 60).  
¿Cuál sería el equivalente a este castrapo en Extremadura? A priori, no parece existir un  
término tan aceptado socialmente como el que hay en el contexto gallego. Nosotres, no  
obstante, proponemos el uso de un término creado por Jesús Alviz, un escritor de la Sierra de  
Gata que estuvo vinculado a los Movimientos de Liberación Homosexual. En una de sus últimas  
obras, escrita pocos años antes de su muerte a causa de la crisis del sida, Alviz empleaba la  
expresión “bárbaro juarrajamalajá” (1995, p. 327) para referirse al castellano lleno de  
extremeñismos empleado de forma inconsciente en los contextos urbanos de la región.  
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Este vocablo nos parece interesante porque juarrajamalajá es una palabra inventada, un  
término que no existía previamente, lo que nos devuelve a ese uso plástico del lenguaje, esa  
lengua viva llena de hallazgos imprevistos. Por otro lado, “bárbaro juarrajamalajá” es un  
pleonasmo lleno de sugerencias de las que Alviz era plenamente consciente.  
Bárbaro es la palabra que se empleaba en el antiguo Imperio Romano para hablar de  
todas aquellas personas que habitaban fuera de sus fronteras. El origen de este término estaba en  
el griego y significaba algo así como “el que balbucea”, aquel que solo dice “bar, bar, bar”. El  
empleo de la palabra bárbaro sigue siendo cotidiano en nuestro día a día. De hecho, su  
dimensión de insulto lingüístico es la que da origen a términos despectivos como bable (Obrero,  
2025, p. 114), una fórmula ya en desuso con la que se acostumbraba a denominar al asturiano,  
una de las lenguas emparentadas con lo que conocemos como estremeñu. El sintagma  
juarrajamalajá remite a la misma emisión de sonidos incomprensibles, aunque, en este caso,  
tiene que ver con el componente árabe de las lenguas extremeñas (véase, por ejemplo, Carmona  
García, 2011, pp. 80 y 85). Las tres jotas empleadas por Alviz en la creación de esta palabra  
quieren hacer alusión a la marcada hache aspirada del extremeño, uno de los síntomas más  
obvios de su pasado andalusí.  
En este sentido, nosotres también apostamos por la reapropiación de la injuria como  
táctica política. La fórmula “bárbaro juarrajamalajá”, creada como un falso insulto por Alviz,  
alberga la alianza entre lenguas minorizadas. Une dos marginaciones lingüísticas: la de los  
salvajes del norte y la de los salvajes del sur. También es un término que propone deleitarse en  
el balbuceo, en un uso sensual del lenguaje, que, como de nuevo diría Susan Sontag (2022a,  
p.30), no parte tanto de una hermenéutica, sino de una erótica del arte.  
El último ejercicio del taller consistió, precisamente, en jugar con esa condición sensual  
de las palabras. Con este fin, repartimos a cada une de les participantes que nos acompañaban  
un plato de sopa de letras, la cual habíamos ido cocinando poco a poco a lo largo de la sesión. A  
continuación, une de nosotres tomó una porción del caldo y pronunció en voz alta el sonido que  
aparecía en las letras de la cucharada que se iba a comer. Todo el mundo repitió ese mismo  
sonido inmediatamente, formando un coro de ruidos incomprensibles. La acción fue repetida,  
hasta que cada asistente del taller pronunció las letras que había cogido del cuenco de sopa con  
su cuchara.  
Resulta difícil, quizá imposible, ajustarnos al formato que impone el paper académico y,  
al mismo tiempo, compartir los resultados que obtuvimos en este ejercicio. Por ello, os  
invitamos a preparar una sopa de letras, dejarla reposar hasta que se convierta en una masa  
prácticamente informe, y decir después en voz alta los sonidos que vayáis ingiriendo, todo ello  
acompañades de las personas que vosotres prefiráis. Así podréis disfrutar de una forma de hacer  
lenguaje desde la pura oralidad, y en la que las palabras, lejos de fosilizarse en un papel, se  
transformen como el barro húmedo. Una lengua que surja desde el encuentro, del compartir y  
repetirse en colectivo, del boca a boca, sensible al cambio y las mutaciones.  
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69  
Revista de Investigación y  
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Extraordinario 6  
Febrero 2026  
Investigación  
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