Los rituales y los objetos queridos, según Han, estabilizan el sentido de la vida mediante
la repetición y el ritmo, hoy anulados por la compulsión productiva del capitalismo
informacional. El ruido constante de datos rompe la interioridad y desacraliza el mundo,
promoviendo una hipercomunicación que obstaculiza el silencio, condición esencial para el
pensamiento, el deseo y la subjetividad. El silencio, los ojos cerrados incitan a la fantasía. Sin
fantasía sólo hay pornografía, en cambio, lo erótico se hace realidad cerrando los ojos. Sólo el
silencio, la fantasía, abre a la subjetividad los profundos espacios interiores del deseo., cerrar los
ojos es hacer hablar a la imagen en el silencio.
El problema de la hiperconectividad digital es que no tenemos tiempo de cerrar los ojos,
se pierde el silencio y la atención profunda. El mundo está plagado de anuncios, contaminado de
residuos materiales, comunicación e información. Todo grita para llamar la atención, todo
quedará inundado de signos. Los bienes de consumo vienen ya cargados de emociones e ideas
preconcebidas que se imponen al consumidor, apenas cabe nada de la vida personal.
En esta lógica, Benjamin (1994) ensalza al coleccionista como figura utópica que
restituye valor simbólico a las cosas, en contraposición al consumidor que las agota. Marx ya
había advertido sobre la alienación del trabajo y la conversión del sujeto en mercancía, proceso
que Han actualiza al señalar cómo las identidades mismas se cosifican, se venden y circulan
como productos en un mercado de experiencias efímeras y obsolescentes. Pensemos en el robo
o cesión de datos personales sin autorización de Facebook, es un acto de “venta” de identidades.
Las identidades al convertirse en productos de compraventa, han tendido al deseo de ser
poseídos como una cosa. Pero al ser identidades fugaces y efímeras no llegamos a poseer, la
cosificación tiene un tiempo de obsolescencia programada, con un tiempo de autodestrucción
que se esfuma antes de asentarse como cuerpo y como cosa. demasiada identidad, demasiadas
máscaras, demasiada diversidad, demasiadas voces y rostros en permanente comunicación. Un
espectáculo de máscaras desorientador que nos hace no reconocer nuestro propio rostro.
Foucault (2001) y el imaginario del monstruo ilustran esta desorientación identitaria, cuya
solución radica en una imagen cognitiva, no especular, del rostro: una proyección interior más
que una representación óptica.
La transición hacia un mundo de no-cosas, donde la información desborda lo material, la
digitalización desmaterializa y descorporeiza la realidad, los medios digitales sustituyen la
memoria, quedando nuestros recuerdos almacenados en la nube, conquistando el nuevo espacio
digital como receptáculo de nuestras vidas. Se redefine al sujeto como dato explotado y
vigilado, algoritmos controlados, enmascarando la dominación bajo la ilusión de libertad. El
smartphone, como objeto transicional (Han, 2021), encarna esta paradoja: conecta pero
fragmenta, ofrece seguridad a costa de atención y otredad.
El sistema neoliberal explota la libertad mediante la lógica del consumo personalizado y
la hiperconectividad, desplazando el valor de uso por el valor simbólico-informacional cada vez
más adictivo y dependiente. El storytelling de marca reemplaza la experiencia vivida por
simulacros emocionales, instaurando una economía de la experiencia en detrimento del vínculo
auténtico con las cosas.